Vhelia · la Selva Madre
El único mundo con agua y el motivo de todo. Vegetación densa, visibilidad corta, sorpresas a tres metros. Acá no se marca lo que se ve: se marca lo que se movió.
Dos pueblos llegados de muy lejos, tres escenarios y un solo mundo con agua. La disputa se resuelve con savia luminosa, dentro de Parque Viva, en La Guácima de Alajuela.
Ciclo 214 desde el Pacto
Solvane era una estrella menor, anotada en las cartas como un punto sin interés: siete mundos secos girando alrededor de un sol amarillo y, entre ellos, uno solo con agua. Un mundo verde y terco que nadie había reclamado, porque nadie lo necesitaba todavía.
Los Íthar llegaron primero. Venían de un sistema al otro lado del velo, donde su sol se apagó en el transcurso de una sola generación —no estalló, simplemente se cansó— y dejó a un pueblo entero mirando cómo el hielo subía por las paredes de sus ciudades. Tardaron ciento sesenta años en encontrar luz. Cuando bajaron a Vhelia y sintieron el calor húmedo de la selva en las placas de sus cascos, muchos se arrodillaron: habían nacido en el vacío y era la primera vez que veían llover.
Los humanos llegaron cuarenta años después, y llegaron peor. La Novena Arca entró al sistema con la mitad de los motores apagados, tres generaciones nacidas a bordo y una tripulación que ya no recordaba la Tierra más que como una palabra que repetían los viejos. Los dos pueblos se vieron desde las órbitas altas y entendieron lo mismo al mismo tiempo: el otro no venía a conquistar, venía huyendo. Y aun así Vhelia era un solo mundo.
Fue una botánica de la Novena Arca quien encontró la salida, y la encontró sin buscarla. Estudiando los árboles-madre descubrió que su savia, al contacto con el aire, se volvía luminosa y se adhería a cualquier superficie durante exactamente un ciclo lunar. No quemaba. No dañaba. Solo marcaba. Y quien quedaba marcado —así lo dijeron los Íthar, que entienden estas cosas de otra manera— quedaba fuera de la disputa hasta que la marca se apagara sola.
El Pacto de la Tercera Luna se firmó sobre una roca sin atmósfera, a la vista de los dos planetas, y cabe en una sola línea: el territorio se decide con savia. Cada ciclo, los dos pueblos envían a sus mejores a disputar los mundos del sistema; quien queda marcado se retira, quien resiste reclama, y al final del ciclo la marca se borra y todo vuelve a empezar. Los Silentes vigilan que se cumpla: no pertenecen a ningún bando y su palabra es definitiva. Hace doscientos catorce ciclos que en Solvane nadie sale lastimado.
Este ciclo faltan contendientes en las dos líneas. Vos elegís de qué lado de la selva despertás.
Tres escenarios
Cada campo del sistema se juega distinto. El terreno decide la táctica mucho antes que el marcador.
El único mundo con agua y el motivo de todo. Vegetación densa, visibilidad corta, sorpresas a tres metros. Acá no se marca lo que se ve: se marca lo que se movió.
Polvo, viento y campo abierto. Casi no hay dónde resguardarse, así que se avanza en conjunto o no se avanza. El escenario que más castiga al que va por su cuenta.
Donde se firmó el Pacto. Terreno neutral, sin atmósfera y sin ruido. Se juega de noche y la savia se ve a cincuenta metros: acá el que marca, se delata.
Elegí un lado
Ninguno de los dos pueblos nació en Solvane. Los dos llegaron huyendo. Esa es la parte que casi nadie recuerda cuando se enciende la primera marca.
Humanos. Tres generaciones nacidas en el vacío y una disciplina heredada de la nave: posiciones fijas, cobertura mutua, nadie avanza solo. Juegan como quien ya perdió un planeta y no piensa perder otro.
Nacidos bajo un sol que se apagó. Se mueven dispersos, rápido y por los flancos, porque en su mundo no había refugio que sostener. No toman posiciones: las rodean.
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